El lente de Daniel Pajuelo: fotografiando el cielo en las calles de Lima
» Quienes lo conocieron recuerdan a Daniel como un chico de barrio que andaba siempre con una cámara en la mano. Tenía la singular habilidad de ganarse la confianza de personas a las que acababa de conocer. Y por eso podía ‘abrir todas las puertas’ e ingresar a cualquier fiesta sin permiso ni invitación.
Sus retratos en blanco y negro reflejaron cómo era la Lima popular, bohemia y transgresora de fines del siglo XX. Humor, marginalidad, picardía y rebeldía se mezclan en las fotos de Daniel. “La calle es el cielo”, solía repetir. Esa frase revelaba su esencia y el norte de su vida.
“Soy un tío chato de 36 años con un culo de cosas por fotografíar”, escribió un año antes de morir.
Una pequeña cámara que cambió para siempre la vida de Daniel
El 25 de junio de 1963 nace Juan Daniel Pajuelo Gambirazio. Una Rollei 35 fue la primera cámara que tuvo en sus manos. Su abuela fue quien le regaló ese aparato cuando él era un adolescente.
Ignoraba que ese obsequio significaría un antes y un después en la vida de su nieto. Era un pequeño artilugio (menos de 10 centímetros de ancho por 6 de alto y sólo 3 centímetros de grosor), perfecto para llevarlo en el bolsillo y tomar fotos sin llamar la atención.
Fue con esa cámara que llegó a hacer realidad los encuadres que se imaginaba cuando, de niño, visitaba el Mercado de Frutas en La Victoria.
El cerro El Pino y la curiosidad por la vida popular limeña
Cada vez que visitaba este centro de abastos, su atención se desviaba hacia el cerro El Pino, uno de los lugares más temidos de la ciudad, aunque para Daniel había allí algo que los atraía.
Siempre le interesó saber cómo era la vida en los barrios populares de la ciudad. “No me lo imagino con miedo, nunca dijo: ‘No’. Le preguntaba ‘¿vamos al cerro?’, y me respondía ‘¡Vamos al cerro!’”, recuerda la fotógrafa Rosa Villafuerte.
Su fascinación por la calle fue tan determinante que decidió abandonar la universidad (estudiaba Economía en la Garcilaso de la Vega), para trabajar en el Centro Antirrábico de Comas.
Su labor era recorrer las calles de Lima para recoger perros sin dueños, aunque él aprovechaba esas salidas para fotografiar y hacer amistades.

Retratar la vida cotidiana sin convertir la pobreza en espectáculo
Daniel era un tipo risueño, bromista y sencillo. Y esos rasgos de su personalidad aparecen plasmados en sus imágenes. Retrató la vida cotidiana en los asentamientos humanos de la capital, registró la precariedad en la que vivían miles de migrantes andinos.
Sin embargo, su propósito no era provocar lástima. Quería retratar la rutina, las costumbres, las creencias, la mística, la fiesta, la diversión, lo singular de cada calle que pisaba.
Fotografiar la fiesta en medio de una época marcada por el terror
Creció en una época muy dura, de crisis económica, de violencia política y de caos social. Los peruanos estaban atrapados en medio de una guerra contra Sendero Luminoso y el MRTA.
Cada día se informaba de asesinatos, desapariciones y amenazas. Eran tiempos de terror y desesperanza. Pero en las fotos de Daniel se percibe que aun en medio del dolor era posible la fiesta.
Su carisma lo ayudaba mucho a iluminar los rostros y siluetas que capturaba con su cámara. A pesar del drama, sus encuadres siempre dejaban ver un atisbo de humor y picardía.
Una habilidad especial para entrar donde otros no podían hacerlo
”Sabía cuándo disparar y cuándo no. Podía convertirse en amigo de su asaltante con la mayor naturalidad y sencillez, podía tejer una red de contactos capaz de introducirlo en los círculos sociales más herméticos”. Así lo recuerda un colega suyo en la revista digital Perufoto.
La noche, la bohemia y el rock subterráneo de Lima
La noche era su momento favorito del día. Le gustaba la vida bohemia, se juntaba con amigos en algún bar, discoteca o pub del Jirón Quilca para beber, fumar o tener algún romance furtivo y ocasional.
Era, además, un adicto al rock subterráneo que surgió con él a mediados de los años ochenta.
“Un fotógrafo del rock no es lo mismo que un fotógrafo al que le gusta el rock, la noche, los amigos, la sensualidad y los rincones oscuros de una ciudad que nunca duerme, que siempre ofrece un trago más cuando hay cariño o algo por qué celebrar, y un abrazo sincero, cuando hay soledad y nostalgia”, escribió Daniel en su cuaderno de bitácora.
El taller de fotografía que terminó de definir su camino artístico
Fue en una de esas noches que lo invitaron a participar en un taller de fotografía que se iba a realizar en una parroquia de El Agustino. Fue allí donde comenzó a perfilar sus proyectos fotográficos.
La cámara se convertiría pronto en el instrumento indispensable para plasmar su arte, una compañera de vida.
Las clases eran dictadas por Thomas Müller, un fotógrafo alemán que pronto crearía el Taller de Fotografía Social, más conocido como TAFOS, un proyecto que convenció a Daniel que lo suyo era la fotografía.
Fue allí donde terminó de consolidar su técnica con la cámara.
Agustirock, Los Mojarras y una amistad marcada por la música
Por esas fechas, finales de los ochenta, mientras Daniel registraba el día a día de la gente de El Agustino, se llevó a cabo el Agustirock, festival que fue impulsado por GRASS (Grupo de Rockeros Agustinianos Surgiendo Solos), que tenía como máximo exponente a Los Mojarras, banda liderada por Hernán Condori ‘Cachuca’, gran amigo de Daniel.
“El Daniel es cigarro en mano, conversa, risa, sereno siempre, no perdía la paciencia, no era bronquero o si había bronca esperaba lejos, recogía los tragos que quedaban y nos íbamos a chupar a otra cuadra”, rememora Condori.
Renato, el hijo que heredó de su padre la pasión por la fotografía
A los 26 años se convierte en padre: nace Renato, quien fue el único de sus tres hijos (los otros dos son Daniel Teo y Daniela) que siguió sus pasos y vive actualmente de la fotografía.
Renato disfrutó de la compañía de su padre muy poco tiempo. Daniel falleció cuando él tenía diez años. Desde entonces solo vive en sus memorias y en su corazón.
En las imágenes que Renato conserva de su padre, siempre está con una cámara fotográfica.
En los paseos que hacían por el Centro de Lima, cuando iban a comprar juegos de Nintendo en Polvos Azules, o cuando se subían a los botes de la laguna de Barranco, lo recuerda tomándole fotos a su hermano y a él.
El Mundo y El Comercio: los años de mayor intensidad profesional
En 1994 Daniel empezó a trabajar en el diario “El Mundo”. Allí conoció a una generación de fotoperiodistas extraordinarios con los que haría amistad.Fue en las páginas de este periódico de formato estándar donde muchas de sus fotografías aparecieron a cinco columnas. Daniel también colaboraba con la agencia de noticias Associated Press (AP).
En estos años recorrió los lugares más recónditos de Lima y viajó por el interior del país para cubrir todo tipo de noticias.
En 1996 se incorporó al plantel de reporteros gráficos del diario “El Comercio”. Fue su mejor momento como fotoperiodista.
La fotografía también significó distancia y remordimiento familiar
Sin embargo, esta pasión era absorbente, lo alejaría de su familia y provocaría la ruptura de la relación con la madre de sus dos hijos.
Daniel confesaba en su diario personal sentirse culpable de ser un padre ausente. Frases como “El sentirme un eterno deudor de sentimientos deberá tocar techo algún día”, revelan sus remordimientos.

Renato recuerda a un padre alegre pese a sus propias culpas
Más de veinte años después, Renato, su hijo mayor, no recuerda esa ausencia que tanto preocupaba a Daniel.
Por el contrario, habla de un papá que aparecía de pronto en su casa y lo llevaba a caminar, a jugar o a patinar.
Se acuerda de la sensación mágica que experimentaba al ingresar en el cuarto de revelado de su padre y ver esa transformación del papel fotográfico en una imagen nítida.
También se refiere a los últimos días de vida de su padre, cuando Daniel perdía la visión, y quería estar al lado de sus hijos.
Renato dice que escuchaban música en su dormitorio. Menciona una canción, “Bailando”, de Alaska y los Pegamoides. Y también “El libro de la selva”, una película animada que vieron en el antiguo VHS que tenían en casa.
Galletas de animalitos, café con leche y recuerdos de infancia
“Para su desayuno, siempre había galletas de animalitos. Abría la bolsita y las ponía en su taza de café con leche. Se las comía remojadas y jugaba con nosotros.
Con él todo era diversión. Su vida siempre fue así, siempre lo vi alegre”, afirma Renato.
La enfermedad marcó sus últimos años detrás de una cámara
En 1999 le detectaron un tumor en el cerebro y un cáncer avanzado. Dejó de trabajar para los medios, pero siguió tomando fotos por su cuenta hasta que fue perdiendo la visión y le costaba desplazarse por su cuenta.
Sus últimos días los pasó postrado alrededor de las personas que más amaba. Daniel falleció el 14 de septiembre del año 2000.
Renato continúa la mirada de su padre por las calles de Lima
Renato decidió dedicarse a la fotografía inspirado por el legado de su padre. También le gustan los retratos en blanco y negro y recorrer las calles en busca de rostros y siluetas.
De vez en cuando observa las fotos de su padre para conocer más de su mirada.
Su perfil principal en Instagram es un homenaje a su padre, todas sus fotos están en escala de grises y busca captar las costumbres populares de Lima.
A los 18 años empezó a tomar fotos en los lugares donde su padre había estado y preguntaba por él. Renato solo quería saber cómo era su padre.
Mirar al cielo para sentir que Daniel todavía está presente
”Yo te confieso algo: cuando he estado en situaciones complejas, tomando fotos, siempre he mirado al cielo y he llegado a conseguir las fotos que quería.
Desde ahí, he entendido que él está conmigo. Es una forma de sentirlo y de verlo. Es raro, pero son sensaciones que tengo”.
» Adrián Calle / Ilustración Portada: Killa Cuba
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Fuente: Somos Periodismo »


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