Fue el tercer hijo de Celia Cuccittini, de 27 años, y Jorge Messi, de 29. Ambos habían acordado que se llamaría Leonel, pero el padre, al ir al registro civil, hizo un cambio: como a los dos los fascinaba el cantante Lionel Richie, registró al niño con esa variación. Al volver recibió una reprimenda. Digamos, una gambeta a la mamá que terminaría gozando de fama mundial: Lionel Andrés Messi.
Los orígenes en Rosario
La vida en la sencilla casa del barrio Las Heras, en la calle Lavalleja 500, hoy Estado de Israel, fue la que correspondía a una clase media esforzada. Jorge Messi era un padre de familia trabajador y dispuesto a tomar las opciones necesarias para el bienestar familiar. Primero, fue cobrador puerta a puerta de un instituto médico, luego empleado en un taller metalúrgico a cargo de fabricar tornillos.
No era un hombre dispuesto a la resignación —su hijo también le heredaría esa virtud—: estudió en el turno de noche ocho largos años hasta recibirse de técnico químico. Así logró ingresar a la empresa Acindar, una de las principales productoras de acero de Argentina, cuya planta se ubica a cincuenta kilómetros de Rosario. Cada día de trabajo significaba salir a las cuatro de la mañana y volver a las 9 de la noche tras recorrer cien kilómetros.
El diagnóstico que lo cambió todo
Años después, Jorge Messi conseguiría un cargo de gerente, pero aún no lo era cuando su hijo recibió un diagnóstico equivalente a una patada por la espalda. Al cumplir 11 años, Leo Messi ya destacaba notoriamente en el club Newell’s Old Boys, pero como era demasiado pequeño lo derivaron a consulta con el endocrinólogo Diego Schwarzstein.
El médico lo midió y el chico alcanzaba apenas 1,25 metros de estatura, muy por debajo del promedio para su edad. El padre recibió la noticia: “Su hijo necesita un tratamiento, si no lo sigue, a lo más alcanzará 1,55 metros de adulto”. Una estatura inútil para el fútbol aunque estuviese rebosante de talento.
Necesitaba que le aplicaran todos los días somatotropina, comúnmente llamada la hormona del crecimiento. El problema era el costo: entre 900 y 1.300 dólares mensuales, una cifra imposible para la economía de la familia. El padre ganaba el equivalente a 1.500 dólares.
La lucha por financiar el tratamiento
Jorge Messi había sido mediocampista en las inferiores del Newell’s y respaldaba a morir a su diminuto hijo en su afán por jugar al fútbol. Consiguió que el seguro sindical de la empresa cubriera el tratamiento en un primer momento; luego logró un aporte adicional de la Fundación Acindar y se las arregló para obtener donaciones de laboratorios durante breves meses hasta que el año 2000 empezó a agrietarse la economía argentina hasta explotar en la feroz crisis económica que el año 2001 arrasó a los argentinos y pulverizó el tratamiento del pequeño Messi.
Jorge golpeó puertas. El club Newell’s, donde jugaba Leo, no tenía recursos. Una prueba en River Plate dejó a los entrenadores deslumbrados con el petiso, pero no aceptaron cargar con el costo del tratamiento.
El padre andaba desesperado por la salud del pequeño, pero también porque podía esfumarse su posibilidad de ser un futbolista profesional. Estaba convencido de que el tratamiento, no siempre exitoso, daría resultados porque el endocrinólogo Schwarzstein, al revisar el avance logrado, les había dicho: “No se preocupen, va a ser más alto que Maradona”. El diagnóstico fue certero: Leo Messi alcanzaría un metro setenta de estatura.
El salto a Barcelona
Pero en el año 2000, en medio de la creciente crisis económica argentina, Jorge Messi se preguntaba ¿cómo seguir con el tratamiento? En las historias que tienen un destino escrito suelen asomar los hechos inesperados. Horacio Gaggioli, un representante de jugadores que vivía en Barcelona y seguía a Leo desde 1998, se contactó con el catalán Josep María Minguella —el agente que había trabajado con Maradona, Stoichkov y Rivaldo— y entre ambos convencieron a Carles Rexach, el secretario técnico del Barcelona, para que le hicieran una prueba al hijo de Jorge Messi.
El 17 de septiembre de 2000, Jorge y Lionel —con 13 años recién cumplidos— volaron de Buenos Aires a Barcelona, escala en Madrid y pasajes pagados por Minguella. Los recibió Gaggioli en el aeropuerto de El Prat y los instaló en la habitación 546 del Hotel Plaza.
Dos meses después de que Jorge y Lionel se instalaran solos en Barcelona, se sumaron mamá Celia y los tres hermanos: Rodrigo, Matías y María Sol. No se pudieron adaptar y la familia tuvo que separarse: Celia volvió a Argentina con los tres hijos, y Jorge se quedó en Barcelona con Lionel, sin ninguna garantía de que la apuesta sería favorable.
Sostener la fe en la incertidumbre
Hoy todos coinciden en afirmar que Messi es un genio, pero en ese tiempo no existía esa certeza: un muchachito iniciando su adolescencia, una estatura de metro y medio, desgarbado y silencioso. Era complicado apostar por él.
En realidad, el camino lo abrió Jorge Messi a punta de perseverancia y cumpliendo un rol que nunca desairó: el de buen padre. En ese tiempo de incertidumbre él era un joven cuarentón que había dejado atrás a su familia, su trabajo, su ciudad, sus amigos; la vida que se había construido. Con generosidad supo sostener a su hijo que también padecía el desarraigo y se enfrentaba a una dura prueba: convencer a extraños de que apuesten por él, que inviertan en su juego y su salud.
Puede parecer increíble, pero los dirigentes del Barcelona actuaron como suelen actuar los dirigentes: no confiaron en el talento del niño. Al padre y al hijo los alojaron en un departamento en la zona de Les Corts, cerca del Camp Nou, y los olvidaron.
Cartas, bloqueos y la famosa servilleta
Testimonio de esa etapa es la carta que Jorge Messi le escribió a Joan Gaspart, el presidente del Barcelona: “Mi situación y la de mi familia es gravísima. He hecho todas las previsiones económicas para sustentarnos hasta el corriente mes, en el que debían ponerse en vigencia definitiva los acuerdos firmados y hoy me encuentro sin previsiones de nuevos cobros y sin un interlocutor que me informe sobre cuáles serán las acciones a seguir”.
Una antigua nota del diario La Nación reconstruye ese tramo: el contrato de Messi estaba trabado por la firma de un vicepresidente del club que no daba cara, así que la tesorería del Barça no podía pagarle a Jorge. Mientras esperaban esa firma Joan Lacueva, director general adjunto, abonó de su propio bolsillo los primeros pagos del tratamiento hormonal para no dejar a Leo sin cobertura. Fue en ese contexto de bloqueo administrativo que Jorge, desesperado, le escribió la carta a Gaspart el 9 de julio de 2001.
Años más tarde, ya convertido en una leyenda viva, Leo Messi recordó esos días con la voz entrecortada: “Por ahí yo me encerraba a llorar solo en la pieza. O él sin que lo vea, o sin que piense que lo vea. Hacíamos que estábamos bien los dos, pero estábamos mal. Mi viejo me preguntó: ¿qué querés hacer? ¿querés seguir o nos volvemos? Yo quise seguir y él se quedó conmigo. Mi viejo estuvo siempre al lado mío”.
La espera fue larga. Recién el 14 de diciembre de 2000, el secretario técnico del Barcelona, Carles Rexach, —bajo su propia responsabilidad y contra la opinión de parte de la dirigencia— firmó el compromiso de ficharlo como jugador y se comprometió a cubrir la totalidad del tratamiento hormonal, otorgar un salario anual, vivienda y trabajo para el padre.
Ese primer contrato de Messi se firmó en una servilleta del restaurante La Reial Societat de Tennis Pompeia, en Montjuïc. ¿Por qué ese inusual documento? El representante Gaggioli ha relatado: “Fue ahí, presionado por la angustia de Jorge —amenazó con volverse a Buenos Aires esa misma noche si no había una solución— que Rexach pidió una servilleta a un camarero y redactó el compromiso a mano”. Aquella servilleta que hizo posible que Messi recibiera un tratamiento hormonal de 1.000 dólares mensuales que no podía pagarse, se habría de subastar años después en 970 mil dólares.
Más que un representante
Jorge Messi no se limitó al rol de padre acompañante. Disconforme con unos intermediarios que manejaban la renegociación del primer contrato infantil de Leo, decidió asumir él mismo la representación de su hijo. Lo hizo sin estridencias. Sin fotografías ni declaraciones ni ostentaciones. Tuvo siempre el tino de contratar a los mejores profesionales de cada sector para las inversiones que llevaron al Enano, como lo llaman en la intimidad, a ubicarse entre los tres deportistas mejor pagados del planeta según la lista Forbes.
No es el éxito económico el dato por el que habrá que recordar a Jorge Messi. Su rol principal fue el de un buen padre dedicado a su familia y un hombre sereno y sensato. Ese ejemplo lo sigue su hijo. Y acaso sea una enseñanza que los muchachos de este siglo, tan revuelto de egos, debieran seguir.
El legado final
Jorge Horacio Messi dijo adiós a las dos de la madrugada del 8 de agosto de 2026. Se marchó con apenas 68 años, manteniendo la sobriedad que lo distinguió. Le tocó el adiós pero su obra principal merece nuestra gratitud: hizo posible que su hijo, Lionel Andrés Messi, alcanzara la estatura necesaria para que todos podamos disfrutar la inmensa grandeza de su genialidad.


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